martes 10 de noviembre de 2009

Hoy quiero saldar una cuenta


Dos hombres que han hecho historia en la semana santa de Motril. Uno porque era un auténtico libro abierto sobre nuestra particular y sencilla manera de ver y querer nuestras tradiciones, nuestra semana santa; y otro porque tanto corazón le puso a su empeño cofrade que ese corazón terminó por quebrarse. Pero dos hombres que deben constar y rezar con letras de oro fino sobre el terciopelo granate del esfuerzo más sincero, del compromiso más auténtico.
Con aquella voz quebrada, Pepe Díaz lidió en una época difícil para nuestra semana mayor. Aquellos años de penurias y de ramajes verdes para tapar tronos y respiraderos hechos con tela metálica de gallinero. Pepe conoció eso y el resurgir. De ahí al esplendor. Su casa era un hervidero de querencias cofrades, un refugio de mil anécdotas cuajaditas de cariño. Tuvo la inmensa suerte de asistir al parto de uno de los mejores proyectos cofrades de la ciudad, el Perdón. Y en esa hermandad ostentó un cargo del que nunca presumió, sino que aceptó desde la humildad más castiza y casi conmovedora. Le recuerdo narrando su procesión en Telemotril, un lejano Martes Santo de principios de los 90..., cuando la Dulzura se paseaba bajo aquel precioso y sencillo dosel sustentado por varales de baranda niquelados... ¡Joder, Pepe!... ¡Qué cariño ponías para hablar de la semana santa... Cuanta sinceridad... Cuanto corazón, buen hombre!. ¡Como le gustaba Motril.... Cómo disfrutaba vendiendo esas magdalenas de las monjas sobre el viejísimo mostrador de la no menos vijeísima librería El Faro!...
¿Cuantos como él no necesitaríamos hoy para levantar tanto espíritu dormido, tanta falta de unión, de conexión, de cariño, de hilo de plata que debería unir -teoricamente- a tantos con tantas hermandades.
La noche que José Antonio Martínez Bustos (A quien, con todo honor llamo públicamente MI AMIGO) se llevó a Pepe Díaz a presidir el traslado de Cuaresma de SU Cristo del Perdón (2005), la magia se soltó como una paloma que huye de entre las manos y revoloteó por toda la iglesia mayor. Dos generaciones lejanas se unían. Dos hombres buenos, comprometidos y revolucionarios caminaron juntos hasta el Carmen dando una lección a quienes no fomentan más que el odio y la deshonra.
José Antonio llegó a dar tanto que se agotó el pozo que surtía de ilusiones a su mente inquieta. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que a fuerza de dar, de regalar, tanta amistad, tanta inquietud y tanta fe por su cofradía no recibió más que latigazos, como si de un proscrito se tratase. Su marcha era el único fin lógico a una trayectoria corta pero brillante, brillantísima e inolvidable. Nunca un hermano mayor en toda la historia de la semana santa de Motril fue capaz de tirar de tanta gente, de implicar tanto, de meterle en las venas a tantas personas el amor por una hermandad y una fe inquebrantable en sus sagrados Titulares.
El, que consiguió tanto, solo buscaba en el fondo lo más sencillo y a la vez hermoso: Unir a los suyos.
Cada vez que José Antonio venía o llamaba por teléfono -lo que este hombre pagaría en facturas- me echaba a temblar porque, pidiese lo que pidiese siempre en relación a su hermandad... No podría negarme ni por asomo. Así terminé vestido de acólito o trabajando de camarero en la Cruz o en la caseta de la Feria. Terminó por hacerme mirar a los ojos del Preso. Una vez hice eso, y me contemplé reflejado en esas retinas tan dulcemente tristes, comprendí que un milagro no tiene porqué ser un hecho grande, sino que basta con que un amigo te diga... ¡Ayudame compañero!. Yo ayudé alguna vez a José Antonio a aportar mi granito de arena a su -también mia- hermandad y os juro que no me arrepiento lo más mínimo.

En cierta ocasión, Jose, te dije que escribiría. Hoy lo hago con toda la claridad que me permite la lucidez del mes de noviembre. Hoy quiero saldar una cuenta contigo. Y lo hago dando mi nombre y no escondiéndome, como deben hacer los que no tienen miedo.

Seguro que si Pepe Díaz te observa ahora mismo, te dará una buena palmada en la espalda. Porque, te digan lo que te digan, siempre hiciste lo correcto.

GRACIAS, AMIGO.

1 comentarios:

quinta columna dijo...

Me subscribo palabra por palabra a tu comentario acerca de estos dos hombres. Y algún día, al igual que Pepe Díaz tiene su reconocimiento público, espero que a José Antonio también se le dé, pues se lo merece sobradamente...